Viaje por el Atlas

Viaje por el Atlas


Este escrito describe mi viaje por el Atlas en octubre de 2016.

Conocí a Bilal hace una década y desde entonces nos hemos visto varias veces en Madrid y Marrakech. Mi hermana Miren es pareja de Mohamed El Bouzidi que tiene diez hermanos y hermanas una de las cuales, Najet es la madre de Bilal. Bilal Artiach El Bouzidi es hijo de Najet y del vasco José Luis, todo un personaje que a pesar de que sus tres hijos son marroquís nunca tuvo la nacionalidad del país vecino.

En una ocasión Bilal me comentó que había ascendido, como yo, a la cumbre del jebel Toubkal, coloso de 4.167m, la cima más alta del norte de África. Desde allí había contemplado los valles al sur con aldeas bereberes y estaba deseando conocerlas. Los valles próximos a Marrakech estaban modernizándose y él quería conocer el Marruecos bereber profundo. Yo tenía la misma intención y desde entonces estuve recordándole la posibilidad de andar por las montañas del Atlas, valles y quizá alguna cumbre. El viaje se ha concretado en octubre de 2016 y hemos tenido la oportunidad de vivir diez días únicos. Durante estos días Bilal ha sido mi amigo, mi sobrino y mi guía (aunque con frecuencia el guía era yo). Él con 31 años y yo con 26 más hemos formado una estupenda pareja en la que su tranquilidad se ha visto acompañada de una inhabitual relajación por mi parte que junto con la determinación de ambos nos ha servido para afrontar importantes decisiones y disfrutar del periplo.

Día 1.

Al aterrizar en al aeropuerto de Marrakech, Bilal me estaba esperando. Juntos hemos ido a recuperar el móvil que mi hija Maite perdió tres meses atrás. Contra todo pronóstico he conseguido recuperarlo tras una hora de trámites burocráticos en los que he aportado hasta las huellas dactilares de mi hija y las mías propias. Pura burocracia.

Tras recuperar el móvil, hemos ido a Tahanaout, a mitad de camino entre Marrakech y el Atlas, donde él y su madre, Najet, regentan una estupenda casa con un productivo olivar, Dar Najet. De camino me ha explicado el profundo cambio de la ciudad. El zoco turístico está ocupando toda la medina y los riads en los que convivían varias familias están siendo convertidos en hoteles. La gente se va a vivir a urbanizaciones del extrarradio lo que no tendría nada de particular si no fuera porque muchas están construidas alrededor de campos de golf, una extravagancia en una tierra semidesértica. Aunque Marrakech se sitúa en una llanura donde apenas llueve, tiene a pocos kilómetros el gigantesco Atlas que proporciona agua todo el año. De hecho, mucha de la producción agrícola, incluido el olivar de Dar Najet, está irrigada. Pero entre regar los cultivos y los campos de golf hay una diferencia.

Tras una plácida tarde en Tahanaout ha concluido el día de traslado. La aventura empieza mañana.

Día 2.

Hemos llegado a Marrakech desde Tahanaout y nos hemos dirigido a un café para cambiar dinero y tener wifi. Bilal no tenía claro aún a dónde nos dirigíamos. Me ha mostrado un croquis que le había pasado un tío suyo, pero no parecía suficiente. Ha llamado a un amigo que le ha dado unos cuantos nombres de aldeas y valles, los hemos cotejado con el croquis y algunos coincidían, de modo que, casi ya en camino, hemos decidido el punto de partida. El destino ya lo iríamos viendo. En el café he aprovechado la wifi para bajarme al móvil unos cuantos mapas offline de la zona que, a la postre, iban a resultarnos fundamentales.

Mi plan era pasar una semana con Bilal por valles remotos y, esperando que él se hartara de mí, pasar después unos días en la playa de Essaouira. Lo cierto es que suelo viajar con planes bastante precisos, pero en este caso iba un poco a la deriva como lo muestra el hecho de que ya montados en el autobús aún no sabía adónde iba ni por cuánto tiempo.

Hemos tomado un taxi colectivo que nos ha llevado de Marrakech a Demnate. Allí hemos comido y paseado por la ciudad que no tiene gran interés. He comprado unos ridículos pantalones debido a que hacía mucho calor y andar con los de montaña iba a ser incómodo. Finalmente he usado los pantalones de montaña en todo momento.

En Demnate hemos cogido un transporte mixto (una furgoneta atestada de personas y todo tipo de bultos) que ha empezado inmediatamente a subir y bajar por una carretera que nos ha ido adentrando en el Atlas. Transcurridas un par de horas por lugares inhóspitos hemos llegado a nuestro destino, el pueblo de Tufrinne en el valle del río Tassaout que seguiríamos hasta sus fuentes.

Al descender del bus hemos decidido emprender el camino inmediatamente en lugar de quedarnos en el pueblo a pesar de que ya eran las cuatro de la tarde. El río discurre encajonado por un maravilloso valle con cultivos y aldeas en su lecho y altas paredes en los lados. Caminamos por la carretera asfaltada hace dos años por la que apenas pasan coches. Pronto tenemos la sensación de estar fuera de la civilización. Las casas de barro aparecen mezcladas con la pared del cañón, perfectamente mimetizadas puesto que son del mismo material, mientras el río caracolea entre huertas y frutales. A veces las casas están sueltas y a veces forman pequeñas aldeas. Los campesinos bereberes circulan andando, a pie o con sus mulas, cargados de atavíos para cultivar la tierra.

Al cabo de dos horas de caminar llegamos a la aldea de Ait Ain Ito donde encontramos una Gite d’etape. Las Gites son alojamientos que podríamos denominar albergues y que son los lugares donde hemos dormido durante el viaje. Esta Gite es bastante acogedora, con camas en el suelo y duchas aceptables. Todas las habitaciones de todas las casas tienen alfombras en el suelo por lo que es preceptivo descalzarse antes de entrar en ellas. Nos hemos duchado y Bilal ha cogido unas chanclas que había por ahí. Le he advertido que no parecían del albergue sino privadas, cosa que ha ignorado. 
Y en efecto, según se duchaba ha aparecido un grupo de tres francesas una de las cuales ha echado en falta sus chanclas. He tenido que explicarle dónde estaban y se lo ha tomado a bien.

Hemos cenado tajin mientras las francesas cenaban también. Enseguida se ha entablado una animada conversación entre ellas, Bilal y el dueño de la Gite. Yo no he intervenido ya que no hablo francés. A ratos he estado hablando en inglés con la más joven de las tres que parecía muy a gusto en mi compañía. Te mira con interés, me dice Bilal. También me lo ha parecido, pero en todo caso es demasiado complicado averiguarlo. Las francesas tiraban de la lengua al dueño que ha acabado confesando que se casó por acuerdo entre las familias, cosa que sigue sucediendo en estos lugares.

Durante todo el viaje se ha sucedido la situación de varias personas manteniendo una conversación en la que yo no participaba. Normalmente y bereber y en ocasiones en francés, idiomas que Bilal domina y yo ignoro. Lejos de sentirme incómodo y excluido me he encontrado relajado, observando o pensando en mis cosas. Ocasionalmente he cruzado interjecciones y gestos con muchas personas para transmitir afecto o aprobación pero no pensamientos complejos.
Tras la cena me he retirado a leer en mi ebook El marciano de Andy Weir, novela que narra las peripecias de Mark Watney en Marte y que me tiene absorbido.

Día 3.

Salimos con la fresca remontando de nuevo el río Tassaout. La carretera asfaltada ha dado paso a una pista que poco a poco se va transformando en camino y pronto deja de serlo confundido entre las huertas y el río que pasa a ser el auténtico camino. Una y otra vez nos vemos obligados a saltarlo hasta que una vez, chof, meto el pie y me empapo y otra vez, chof, meto el otro pie y me empapo. Vamos cruzándonos con campesinos que van y vienen de sus labores en el campo. El día es soleado y el paseo es delicioso.

Al cabo de tres horas llegamos a la aldea de Talat nTazart. Está pegada a la montaña y parece que sus casas son parte de la roca. Nos desviamos del camino para subir a la aldea y, ya arriba, vemos otros barrios un poco más allá. La vista es relajante y hermosa. Un joven nos invita a visitar un conjunto de edificios en la parte más alta. Se trata de habitaciones y graneros que confirman un laberinto de escaleras y patios. Arriba del todo está su casa. Nos ofrece té y un revuelto de huevos que aceptamos con gusto. La habitación, como veríamos después en otras casas, está casi vacía. Alfombras en el suelo, mantas apiladas y una pequeña cómoda. Esta contaba también con un televisor, declinamos la invitación del dueño de encenderlo, y un poster de la Meca. Las vistas por la ventana enrejada de la montaña de enfrente son impresionantes.

Seguimos nuestro camino y Bilal me habla de las mujeres bereberes. Poco después nos cruzamos con una sobre una mula y le comento, esa es guapa. Sí, dice, me voy a casar con ella. No jodas, Bilal, apenas la has visto dos segundos, ¿cómo te vas a casar con ella? No necesito verla más, además, este (refiriéndose a un niño que nos acompañaba) me ha dicho que es hermana del que nos ha recibido en su casa; es un signo del destino.

El camino se transforma de nuevo en carretera, pero, como está cortada en varios puntos, nadie circula. Las aldeas comienzan a escasear y el paisaje se torna más duro y montañero. Unas horas después llegamos a Ichbbakene y luego a Amezri donde dormiremos. De camino vemos al fondo las cumbres del macizo del M’Goun.

Amezri es una población relativamente grande en medio de un amplio valle, con varios barrios y una carretera que cruza el Atlas camino de Ouarzazate. Nos encaminamos a la Gite donde nos recibe el dueño y su hija. La Gite es una casa antigua en medio de las huertas con varias habitaciones. El dormitorio es un gran rectángulo cubierto de alfombras con colchones, matas y almohadas apilados.

Al poco viene un señor mayor que dice ser guía para ofrecernos sus servicios, en realidad los de su hijo. Nos dice que él fue el que encontró a los montañeros españoles perdidos en el Atlas el año anterior. Yo había leído sobre el asunto pero no sabía que era por esta zona. Tres españoles habían ido a la garganta de Wandras a hacer escalada. Dos, encordados, se cayeron muriendo uno en el acto. El tercero subió a socorrer al que había sobrevivido, pero no pudo rescatarlo. Tras seis días llegaron los servicios de rescate marroquíes y llevaron a cabo un rescate chapucero que acabó con la vida del segundo montañero. Tras los hechos, todos en la zona están muy sensibilizados y nos piden constantemente que nos registremos, no vaya a ocurrir algo así de nuevo. Decidimos contratar los servicios del guía para el día siguiente.

Salimos a dar un paseo y nos encontramos con un grupo de hombre y niños sentados en los surcos de un cultivo comiendo patatas y nos unimos a ellos. Hacen un pequeño horno con terrones de barro, introducen unos palos, le prenden fuego y meten patatas dentro. Al cabo de un poco deshacen el horno y las patatas quedan enterradas al calor de la tierra. Después de un rato, a comer. La escena es pintoresca si no fuera porque las patatas las recolecta, separada del grupo, una única mujer con su azada. La mujer trabaja y los hombres comen.

Decir que la mujer en el Marruecos bereber está discriminada política y socialmente es quedarse ridículamente corto. Además lleva la casa y trabaja el campo. Durante este viaje he visto innumerables mujeres de todas las edades con la azada o trasportando grandes bultos a pie o en mula. Además son esquivas y no están en la calle si no es para hacer algún recado. En las casas desaparecen ante nuestra presencia. Siendo relativamente jóvenes están desdentadas y parecen viejas. Según Bilal, las niñas obedecen a sus hermanos aunque estos sean mucho menores. Una vez casadas, a menudo en matrimonios concertados, reciben órdenes del marido y de todos los hijos varones. Además trabajan en el campo. Y están físicamente machacadas. No me extrañaría que murieran antes que los hombres. Los hombres salen de la aldea a la ciudad para trabajar en la construcción cuando el campo no necesita cuidados y traen dinero a casa. Los hombres manejan el dinero y las mujeres realizan tareas en las que no se mueve dinero. Debe ser muy duro ser mujer bereber.

Pero al menos durante unos años las mujeres son atractivas y felices. Como nuestra anfitriona, la hija del dueño. No es tan esquiva como otras y es bastante guapa. Tanto que Bilal se ha enamorado. Le voy a pedir relaciones, me dice. ¡Pero Bilal, ya estás otra vez! A ver, en qué consiste eso de las relaciones, pregunto. Pues nos vemos unos meses y después nos casamos, dice. Me la llevo a Tahanaout y volvemos aquí los veranos. Estás invitado a la boda. Pero no quiero decírselo al padre para que no la presione. Estás loco, Bilal, respondo, pero tú sabrás. ¿Quieres que nos quedemos algún día más para que tengas tiempo? No, responde, esto lo resuelvo ahora mismo. Y así, el tranquilo Bilal se torna inquieto y pide al niño que andaba por allí que llame a la joven. Viene esta y entablan una breve conversación de menos de cinco minutos al cabo de la cual vuelve mi compañero. Ha dicho que no, que es muy joven y que aún no está en sus planes. Quizá sea por la barba, a lo mejor piensa que soy integrista.

Entre que no me lo tomo muy en serio y que Bilal no paree muy compungido me dan ganas de reírme más que de consolar a mi amigo. Lo cierto es que ella se lo pierde, Bilal es guapo (me he cansado de escucharlo), moderno, desde luego para un sitio como Amezri, y con un olivar. El caso es que la noche se echa encima y me voy a acabar El marciano. He de decir que me ha resultado muy útil su lectura para este viaje. Si Mark Watney puede sobrevivir en Marte, yo podré superar las difíciles etapas que vendrán los días siguientes.




















Día 4

Nos encontramos con nuestro guía en la aldea siguiente. Mohamed, de veintiún años, es ligero y simpático. Pronto comenzamos a ascender por la ladera dejando el río que, tras una amplia revuelta, parece encajonarse en un barranco. El día anterior comenté a Bilal que no necesitábamos guía, que para ascender al refugio al que íbamos bastaba con seguir el curso del río que estaba claro en mi mapa. Él me dijo que se encontraba más tranquilo si llevábamos a un guía, cosa que afortunadamente hicimos. Porque el río, en efecto, se encañonaba en el que luego supe que era el barranco de Wandras donde murieron dos de los tres españoles la temporada pasada. De seguir mi mapa nos hubiéramos metido en pleno barranco. Puedo imaginar que el camino se haría progresivamente más difícil, superaríamos algún paso menor y acabaríamos encontrándonos entre altas paredes imposibles para acabar desandando el camino con gran penuria.

El camino asciende con dureza y, tras superar unos riscos y unos exigentes mil metros de desnivel, nos encontramos al comienzo del plateau de Tarkeddit. Al fondo se atisba el refugio y a la derecha la sierra del M’Goun. Seguimos caminando y vemos el comienzo del río que, en efecto, se embarranca hacia abajo de inmediato. Dos horas después llegamos al refugio. Fuera hay montadas unas tiendas y unas jaimas de un grupo de franceses que está recorriendo la zona con amplio equipamiento de mulas y guías. Ya estamos en alta montaña.

El refugio es oscuro y apenas iluminado (tengo que mirar la bombilla para saber si está encendida). Su guarda se llama ¡Mohamed! Nos prepara un aceptable tajin (¿cuántos llevamos ya?) y cae la noche. Bilal ha encontrado una guitarra con solo cuatro cuerdas, pero es suficiente para montar una fiesta improvisada, si algo es una fiesta cuando no hay alcohol ni mujeres. Se unen los dos Mohamed, los guías y muleros de los franceses y comienzan a cantar en bereber. Yo cojo mi ebook y comienzo a leer Homo Deus de Yuvel Harari, libro futurista que habla de cómo las máquinas sustituirán a los hombres y que contrasta fuertemente con la fiesta bereber en medio del desolado paisaje en el que me hallo. El cielo está cuajado de estrellas en la fría noche del Atlas.





Día 5.

Salimos hacia el M’Goun a las 7:30. Pronto la pendiente se hace innegociable. Caminamos a buen paso y noto como las fuerzas empiezan a fallarme. Fumo, tengo algo de resfriado, me estoy haciendo viejo. Busco explicaciones, pero lo cierto es que estoy jodido.

Al cabo de una hora divisamos a los franceses y media hora después les damos caza. Tienen en torno a los setenta años y van muy despacio. Seguimos un rato a su ritmo y voy recuperando el resuello. Cuando ya les pasamos, pido a Mohamed que baje el ritmo. Calculo que hemos subido a 300m por hora lo que no está nada mal. No es que me esté haciendo viejo, es que íbamos muy rápido. Mi ritmo era bueno, el de Bilal mejor y Mohamed, que fuma un paquete diario y lo hace mientras sube, podría haber subido corriendo.

Otra hora después llegamos a los 4.000m y alcanzamos el circo del M’Goun. El paisaje es grandioso con enormes montañas, valles y riscos. El circo es una enorme media circunferencia de tres kilómetros de diámetro abierto hacia el norte. Hacia el sur se divisa Ouarzazate y su gran presa. Recorremos penosamente la arista del circo hasta llegar al M’Goun, el último u más alto de los picos. El viento sopla tal dureza que parece que va a arrancarnos de la tierra. Hay un par de cumbres intermedias que debemos ascender y que suponen un gran esfuerzo a pesar de que apenas tienen 150m. Pero tres cumbres de 150m a la ida y las mismas a la vuelta suman otros 600m de propina. En la cima nos hacemos unas apresuradas fotos sentados, puesto que el viento es formidable, y volvemos de inmediato. En mitad del circo, de vuelta, volvemos a encontrarnos con los franceses. Comenzamos el descenso y al poco vemos el refugio, pero aún nos quedan dos horas hasta llegar a él.

Ya en el refugio comemos un ¡tajin! y nos ponemos de nuevo en marcha tras despedir a los dos Mohamed. Son las 4 de la tarde. Podríamos haber hecho noche allí, pero decidimos seguir camino. Para ello debemos ascender una odiosa cresta de 400m para pasar al siguiente valle. No puedo más. A las 5 llegamos a lo alto. Detrás queda el refugio y más allá el M’Goun. Lo que nos queda no es poco. Desde arriba se divisa una infernal bajada por un valle del que aún no vemos el fondo. Nos han dicho que en algún punto debe haber una Gite donde dormiremos. Comienza a llover. Descendemos deprisa. Anochece y arrecia la lluvia. Vemos unas majadas de ovejas y seguimos descendiendo. Por fin divisamos unas tiendas y el guía nos dice que la Gite está a cinco minutos, cosa que dista de ser cierta. Seguimos bajando ya empapados mientras la oscuridad nos envuelve. Finalmente encontramos una aldea y en ella está la Gite regentada por ¡Mohamed! La Gite tiene un aspecto estupendo como una moderna casa rural. Tras unas vacilaciones encienden un grupo electrógeno que da luz a la casa. Esta tiene suelos de madera y camas. Mohamed nos prepara un delicioso ¡tajin! con pasas y nos vamos a dormir.

El recuento de la jornada es: un desnivel de ascenso de 2.000m. El descenso son 2.700m. 30km de caminata por alta montaña. 12 horas andando. 2 horas caminando a 4.000m. Nunca había hecho nada similar.






Día 6.

Dormimos once horas y nos levantamos como nuevos (¿en serio?) para afrontar unos plácidos días (¿de verdad?). Recorremos el hermoso trayecto que media entre la Gite y el valle de Bouguemez al que nos dirigimos. Al principio es un camino de rocas muy transitado que después se abre en un amplio valle de manzanos y aldeas.

Veo pasar muchas mulas y pienso en un grupo de trekking. En efecto, minutos después aparece una decena de franceses cuesta arriba. Los trekking, este que acabo de ver y el que estaba frente al refugio, se han puesto de moda. Los caminantes suben por su propio pie, pero van acompañados de un batallón de mulas y personas locales. Cuando el turista llega al destino, hay montadas tiendas de campaña para dormir así como grandes jaimas para comer. Las mulas suben ambas tiendas así como la comida para los turistas, para los muleros, para los guías y para las mismas mulas. Suben también todo el material necesario y… las maletas de los turistas. Calculo que para un grupo de diez turistas suben cincuenta mulas.

A las tres horas de caminar llegamos una carretera en el valle de Bouguemez. Este iba a ser nuestro destino, pero a Bilal no le ha entusiasmado y cambiamos de planes: vamos a atravesar de nuevo el Atlas, esta vez en coche, y nos dirigimos a Ouarzazate y de ahí al desierto. Pues nada, estupendo, al desierto. Examino la ruta que hemos recorrido andando los últimos días: 86km, 30 horas y 4.734m de desnivel. No está mal.

Tomamos un taxi local que nos deja en Tabant, la capital del valle. Preguntamos si se puede cruzar el Atlas y nos dicen que hay una pista que llega a Kalaat M’Gouna, al otro lado de las montañas y en el camino de Ouarzazate. Al parecer, una caravana de taxis va a salir a las cuatro de la tarde. Uno de los taxistas, ¡Mohamed!, tiene plazas e iremos con él. Mientras, nos metemos en un agradable café a comer.

Las horas pasan y no entiendo por qué esperamos a las cuatro de la tarde, pero las cosas parecen ser así. El caso es que, en efecto, a esa hora, aparece nuestro taxi: un Mercedes del año 74 extremadamente destartalado. No hay rastro del resto del convoy. Salimos y un kilómetro más adelante el taxi se detiene a recoger al tercer pasajero. Se trata de un hombre que va de putas a M’Gouna, pueblo que al parecer es famoso por ello. El hombre lo ha preparado para ir, pasar la noche y volver sin que su familia se entere. De ahí que salgamos tan tarde.
El taxi circula unos kilómetros por la carretera llena de chavales que salen del colegio y de pronto se desvía a la derecha por una pista. Un poco más adelante unas máquinas trabajan arreglando la pista. Comenzamos a subir hasta que, tras varios kilómetros más, alcanzamos un collado llamado Tizi’n Ait Imi. Nos detenemos y contemplamos las vistas. Al norte se halla Tabant y el valle de Bouguemez del que venimos. Al sur está la inmensidad del Atlas con un amplio valle seco y pedregoso en primer plano y altas montañas detrás.

Descendemos por la pista, dejamos atrás más máquinas y camiones y llegamos al seco lecho del río plagado de piedras de torrenteras ancestrales y con algún ocasional curso de agua. Al fondo la sierra del M’Goun y en la proximidad áridos montes marrones. El entorno es desolado, soberbio y marciano. Me acuerdo de Mark Watney sobreviviendo en Marte. La pista se confunde con el lecho del río y nuestro traqueteante taxi sufre. Empieza a llover.

Arrecia la lluvia y escorrentías de agua furiosa atraviesan la pista rompiéndola en numerosos tramos. El taxi sigue como puede. Oscurece y diluvia. Varios regatos más tarde nos detenemos ante un río recién formado que atraviesa la pista. El taxi se detiene. El agua color chocolate corre alocada por lo que antes era la pista. Bajamos del coche y Mohamed examina el paso. El ambiente entre nosotros es jocoso pese a la dificultad en que nos hallamos. Para meditar mejor, Mohamed se prepara un bocata de sardinas. Parece obvio que no podemos seguir adelante. Más abajo hay unas máquinas encargadas de las reparaciones de la pista en ese tramo. Un rebaño de cabras aparece y con él unos hombres. Cuidamos las máquinas y tenemos cabras; vivimos aquí al lado, venid con nosotros, nos dicen. Resulta providencial porque es de noche, jarrea y el coche cala. En la maniobra para dejar el coche aparcado, Mohamed atropella una cabra con gran escándalo. El pastor la degüella y mis compañeros dicen entre risas que no se respetado ritual religioso alguno. Todo es muy raro. Acompañamos a los pastores a su casa, pero antes hay que pasar el río. Las cabras se niegan y los cabreros las llevan a pulso. Yo meto el pie hasta el fondo. Llueve mucho y nos empapamos.

La casa resulta estar al lado y entramos en un dormitorio que es una habitación rectangular con alfombras y nada más. Para nosotros es el paraíso. Nos ponemos ropa seca (que no tenemos) y yo reparto mi ropa sucia que es bienvenida. Mohamed solo tiene una cazadora y se pone gustoso unos calcetines míos sucios y mil veces usados. Nos arropamos con mantas y nos sentimos en la gloria. Menos nuestro acompañante el putero que está sumido en profundas cavilaciones: he pecado, mi familia me va a pillar y me está bien empleado, parece pensar.

Nos llevan a otra habitación semejante donde hay una tele y el resto de los hombres. En la sección del tiempo se ve una mancha azul intenso sobre el Atlas: es la tormenta que se desploma sobre nosotros. Comemos la cabra atropellada en medio de una divertida animación y nos vamos a dormir. Entre alfombras, el saco de dormir y mantas, duermo como un lirón.









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Dia 7

Sigue lloviendo.

Debatimos qué hacer y nadie tiene una buena idea. Usan sus teléfonos y saben que, atrás, en el rio pedregoso, se ha quedado una familia de franceses, y parece que retroceder es imposible. Tampoco sabe nadie cuanto queda hasta nuestro teórico destino, Kalaat M’Gouna ni cómo estará la pista. De pronto aparece una furgoneta por el lado contrario que viene a recoger a los trabajadores. Salimos corriendo y nos montamos en ella. Atrás queda el putero, el taxista, el Mercedes del 74 y la casa en la que los pastores nos han acogido.

La furgoneta asciende un par de kilómetros y de pronto se detiene. Ominoso silencio. No me atrevo a preguntar. Finalmente me informan de lo peor. La furgoneta abandona la pista para bajar a una aldea próxima. La pista sigue hacia adelante. Diluvia ¿Qué hacemos? Divisamos detrás una caravana de motos que recorre el Atlas y a punto estamos de esperarles para pedirles que nos lleven. Después he sabido que la distancia que nos separaba de Kalaat M’Gouna era ¡setenta kilómetros!, un disparate. Reflexionamos y está claro que no podemos bajarnos de la furgoneta y seguir a pie con esa lluvia torrencial y la probable situación de la pista cortada de nuevo, ningún coche… De modo que bajamos a la aldea. Hemos avanzado tres kilómetros.

La bella aldea está dividida en dos por el río. Nos informa de que hay una Gite y nos dirigimos a ella. El dueño (¿Mohamed?, no, esta vez es Hussein), tras unas dudas iniciales nos acoge. La casa es hermosa con animales y un olor que me recuerda al pueblo de mis abuelos. Tiene dos plantas y nos alojamos en la segunda. Hussein es hiperactivo, va, viene habla por teléfono y con Bilal. Nos traen té, pan y aceite, el típico menú de acogida. El pueblo está inquieto, el río ha crecido, se ha llevado por delante el puente que une ambos lados y amenaza con entrar en las casa más bajas de la orilla opuesta. La aldea, de unas cincuenta casas, no tiene electricidad y están poniendo los postes para traerla. El río se encajona unos kilómetros más abajo de modo que el único acceso es ascender por la ladera que nos ha traído hasta aquí.

Bilal habla animadamente con Hussein en bereber. La historia de Marruecos es la de una colonización inacabada. Hace catorce siglos los árabes sometieron al pueblo bereber. La mayoría de la población es de esta etnia y habla bereber. Sin embargo, hasta la constitución de 2011, el bereber no era una lengua oficial. El árabe clásico y el francés lo eran. Además de estas tres lenguas existe la dariya, el árabe dialectal que muchos hablan y entienden aunque no se escribe. La dariya mezcla árabe, bereber, francés y español. Los niños hablan bereber en casa y cuando van a la escuela la enseñanza se imparte en árabe clásico, idioma que los niños no han oído nunca. El fracaso escolar es enorme y el pueblo bereber, pese a ser mayoritario, está marginado en favor de las élites que hablan árabe y francés. Durante todo nuestro viaje, sin embargo, la lengua usada por Bilal y los nativos es el bereber.

Es martes 25 de octubre y creo que voy a perder el vuelo del viernes dado que no imagino cómo vamos a salir de aquí. Me hago a la idea de no volar el viernes pero el sábado tengo un asunto que debo resolver. Pido a Hussein su primitivo Nokia y, recordando cómo se usaban estos aparatos y cómo conectarme a Internet con ellos, tardo una hora en poner un correo a mi familia. Entonces me relajo: el asunto del sábado está resuelto, al vuelo que le den, aunque llueve estamos a cubierto y nada sustancialmente malo nos puede pasar.
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Dia 8

Ha dejado de llover y el río ha vuelto a su cauce, pero seguimos sin saber cómo salir de allí: por qué medio y en qué dirección, de vuelta a Tabant o hacia adelante a Kalaat M’Gouna. Empiezo a pensar que la única forma es andando, pero calculo que hasta Tabant hay más de diez horas de marcha. Paseamos por el pueblo y Bilal charla con un grupo de aldeanos que comentan la situación. Se habla de coches que van a salir en una y otra dirección pero nada se concreta. En un momento dado se plantea el uso de mulas. Pido a Bilal que pregunte y resulta que dos muleros están aquí mismo con nosotros. Dicen que llegar de vuelta al collado de Tizi’n Ait Imi nos llevaría tres horas. ¡Tres horas, la solución a nuestros problemas! Le digo que sí, que las mulas nos sacarán de allí y que pregunte si podemos salir ya. Son las diez de la mañana. Desafortunadamente la respuesta es negativa: aunque no llueve el cielo está cubierto y no se quieren arriesgar, de modo que me relajo de nuevo, listo para pasar otro día en la aldea.

A las doce todo cambia de nuevo: los chavales muleros están listos para llevarnos. Recogemos nuestras pertenencias, comemos un poco, nos despedimos de Hussein, montamos en las mulas y… adelante.

La vida es bella, la civilización vuelve a ser una posibilidad, el paisaje es hermoso y Bilal y yo estamos exultantes. Las mulas caminan al lado del río y suben y bajan por estrechos y pedregosos caminos junto a la corriente. Pasamos una pequeña aldea de unas diez casas y cuando parece que va a ser la última y más remota aldea del Atlas aparece otra y luego otra y otra más. Cuatro casas junto al río con sus huertas y mujeres y niños que nos miran curiosos.

Acabamos dejando atrás las últimas construcciones y el camino sigue junto al río. Las montañas están nevadas después de la tormenta y el río sigue siendo color chocolate. Bilal y su mulero van en una mula y yo y el mío en otra. Parece una mezcla de película del oeste y paisajes tibetanos con el M’Goun al fondo. Al cabo de una hora llegamos al amplio lecho del río que tuvimos que atravesar con el coche. Ahora lleva bastante agua, pero las mulas lo cruzan sin problemas. ¡Vaya animal fuerte la mula! Otra hora más y hemos llegado a la base del puerto de Tizi’n Ait Imi que habíamos superado con el coche dos días atrás. Los muleros se bajan y continúan a pie mientras las mulas siguen con nosotros montados. Otra hora más y llegamos a lo alto del puerto. Al otro lado vemos Tabant, lugar donde cogimos el taxi. ¡Salvados! Por cierto, no tenemos noticias del taxista y el putero; parece que tomaron otra caravana de mulas hacia otro pueblo. Seguro que el taxi sigue allí y seguirá aún varios días o semanas.

Nos despedimos de los muleros y comenzamos a descender hasta Tabant. Caminamos animosos cantando a voz en grito canciones bereberes, vascas, de la movida, boleros y qué se yo. Al cabo de tres horas (y dos días completos de periplo inesperado), llegamos finalmente al pueblo. Buscamos un taxi para ir hacia Marrakech pero es tarde de modo que nos alojamos en una Gite. Estoy temblando, me ducho con agua hirviendo y me meto en la cama exhausto. Tengo la piel ardiendo pero mucho frío y paso una noche atormentada a causa del bajón físico producto de días de cansancio y tensión.




Día 9

Tomamos un taxi colectivo a las 5 de la mañana hacia una ciudad intermedia donde por fin tengo wifi y me comunico con el mundo. Luego otro taxi nos lleva a Marrakech. En lugar de seguir a Tahanaout, vamos al riad de la familia de Mohamed dónde su adorable hermana Fátima y la madre de ambos nos reciben y dan de comer. Antes pasamos por el hammam a relajarnos y quitarnos la “piel muerta”. El operario me frota hasta dejarme la piel sumamente fina y enrojecida. La experiencia es muy reconfortante. Recojo un instrumento que me ha encargado Mohamed que le lleve, un sentir  y finalmente atravesamos la medina, cogemos un taxi colectivo y nos vamos a casita, a Dar Najet.

Dia 10

Ni las playas de Essaouira ni el desierto más allá de Ouarzazate, nada ha salido según lo previsto, pero he disfrutado como nunca. Tampoco Bilal se ha cansado de mí si no que hemos formado una estupenda pareja de viaje. Me consta que Bilal ha disfrutado tanto como yo, porque me lo ha dicho y porque siempre estaba sonriente. Gracias por tu compañía, Bilal.


Aún tengo tiempo de disfrutar de Bilal y un amigo suyo que tocan música durante un rato con el sentir y una guitarra antes de que me lleven al aeropuerto donde termina uno de los viajes más imprevistos, bellos y fascinantes que he realizado en mi vida.



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